José de Ribera
Autorretrato de José de Ribera.
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(Xátiva 1591- Nápoles 1652)
Algunas obras de José de Ribera
Gracias a investigaciones recientes, actualmente se posee bastante información de su época romana, antes muy oscura. Ribera llevó en Roma una vida pobre y bohemia, y durante cierto tiempo tuvo que trabajar por cuenta de otros pintores con taller establecido. Con él vivía su hermano Juan, dos años más joven, también pintor y que luego pasaría asimismo a Nápoles. Fue miembro de la Academia de san Lucas, y un testigo de excepción, el tratadista G. Mancini, señala que desde hacía mucho no había aparecido en Roma un pintor de mayores dotes naturales, que llegó a obtener gran fama y que sus cuadros fueron muy estimados por su resolución y colorido, a la manera de Caravaggio, pero “más tinto y más fiero”.
En 1616 se trasladó a Nápoles, donde residiría hasta su muerte, y se casó con la hija de un pintor local, Azzolino. Ribera se afirmó muy pronto como la personalidad más prestigiosa del foco pictórico napolitano, que por entonces se estaba convirtiendo en uno de los más brillantes de Italia. Y desde Nápoles su fama se extendió por Europa. Buena parte de su producción fue realizada para la élite española que regía el aparato gubernamental de Nápoles, especialmente para los virreyes, la mayoría de los cuales le fueron adoptando como pintor de cámara oficioso. A través de la clientela aristocrática, muchas obras riberianas fueron pasando contemporáneamente por España, donde valieron a su autor un prestigio sólo comparable con el de Velázquez. Ribera trabajó para iglesias napolitanas, tales como el Jesús Nuevo, Santa Trinidad de las Monjas, la capilla de San Jenaro de la catedral y, sobretodo, la cartuja de San Martín, que guarda un magnífico conjunto de obras suyas (Piedad, serie de Profetas, Comunión de los apóstoles). Entre 1620 y 1626 no se conocen pinturas suyas. A este tiempo pertenecen, en cambio, la mayoría de sus grabados, no inferiores en maestría técnica a sus obras de pincel. Estas estampas contribuyeron considerablemente a difundir por Europa su fama: el Martirio de San Bartolomé, grabado en 1624, fue la invención del maestro más veces copiada, y la serie de estampas hecha con miras pedagógicas que representa particulares de anatomía humana vino a constituir, directamente o a través de imitaciones, una de las cartillas de iniciación al dibujo más en uso durante los siglos XVII y XVIII. A partir de 1626, el desarrollo pictórico de Ribera puede seguirse puntualmente, ya que desde ese momento se poseen cuadros suyos firmados y fechados en casi todos los años. La sección mayor de su catálogo está compuesta por asuntos religiosos: personajes o escenas del Antiguo Testamento; figuras aisladas de santos, entre las que son muy abundantes las de penitentes; escenas de milagros y de martirios, en los que, contra lo que se ha dicho, el pintor sólo muestra derramamientos de sangre, prefiriendo fijar los momentos que anteceden o siguen al suplicio propiamente dicho; episodios del Nuevo Testamento… Estos temas no se distribuyen uniformemente en el tiempo, sino que su frecuencia relativa está íntimamente relacionada con la evolución estilística y espiritual del artista. La alianza de violentos contrastes de luz, de plasticismo duro, de ajuste infalible en la descripción microscópica de los detalles y de la propensión a la monumentalidad compositiva, peculiar de Ribera antes de 1634 aproximadamente, acusa desde entonces asimilaciones de “neovenecianismo” y de mercados e influjos boloñeses. Es una evolución que, sin abandonar las posiciones naturalistas, tiende hacia una pintura más o menos solar y menos cuajada de materia, abierta hacia el pleno barroco. Y esta orientación se va concretando simultáneamente en un repertorio iconográfico que cada vez da mayor cabida y se complace más en los asuntos amables, y que se revela asimismo en el distinto tono de sentimiento que anida en los temas adustos. Ribera cultivó también temas de mitología, a veces con acentos desmitificadores e irónicos aproximables a los de Velázquez; otros adoptando el énfasis humanista tradicional; en algunos cuadros de este género desarrolló con impresionante crudeza el motivo del sentimiento físico. El gusto de Ribera por lo característico y lo popular, por los individuos de carne y hueso, encontró un campo para manifestarse mucho más libre que en la pintura de asunto religioso o mitológico en las series de Filósofos, pintorescas evocaciones de sabios de la antigüedad clásica, y en representaciones de mendigos y otros tipos de la vida circundante, que constituyen uno de los aspectos más atractivos de su producción: El bebedor de moscatel, El alegre bebedor, La muchacha de la pandereta y El muchacho del tiesto. |
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