Jan Vermeer
Supuesto autorretrato de Johannes Vermeer en la obra La alcahueta, 1656 (Staatliche Gemäldegalerie; Dresde)
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(Delft 1632 - 1675)
Algunas obras de Jan Vermeer
Vermeer cayó muy pronto en el olvido, del que no habría de salir hasta mediados del siglo XIX; pero a partir de ese momento ha suscitado un creciente y apasionado interés. Ha dejado solo dos lienzos fechados: La alcahueta (1656) y El geógrafo (1668), que no son precisamente sus mejores obras. Esta ausencia de fechas dificulta la confección de un catálogo cronológico, dificultad aumentada por el hecho de que en ciertos cuadros figuran fechas y firmas apócrifas y por la incertidumbre existente acerca de sus obras de juventud, que versaban temas religiosos. A esto se debe que la evolución del pintor, y también la interpretación de sus ideas pictóricas, varíen según los historiadores. Sin embargo, todos están coinciden en que Vermeer es uno de los grandes genios de la pintura.
Se dedicó con preferencia a temas de género burgués, cargados de símbolos y de intenciones morales, tal como lo hicieron sus coetáneos Metsu, Terborch y Pieter de Hooghe. Esta preocupación por reproducir las costumbres y el ambiente de los Países Bajos se refleja en sus dos únicos paisajes conocidos, La callejuela y La vista de Delft. Vermeer supera a los demás pintores de ese género por su magnífico oficio, por la feliz conjugación que logra de lo concreto con lo abstracto, por la hondura de su sentir pictórico. Inventa como si fuera un iluminador, y para intensificar la expresión distribuye sutilmente la luz. Elige colores originales que armonizan perfectamente y que se ponen de manifiesto gracias a los blancos: el azul zafiro, el amarillo limón, el bermellón, el ocre rojo. Los dispone unas veces como si se tratara de una pasta untuosa, de consistencia semejante a la de la porcelana, mientras que otras veces son pequeños toques granulosos que absorben la luz, y otras, aún veladuras translúcidas. Veermer gusta de un arte desnudo. Sus interiores se reducen a una pared –adornada con un cuadro de significado simbólico o con un mapa-, a una mesa, a una ventana, situada siempre a la izquierda y por la que penetra la luz. La profundidad queda sugerida por el artificio de la disposición de los objetos, y la composición obedece a trazas geométricas puras. La vida sólo está evocada por la presencia de una persona, con mucha frecuencia una mujer joven, o de una pareja, y grandes vacíos que rodean de silencio esas figuras. Valiéndose de medios puramente pictóricos, y gracias a una apariencia de objetividad, consigue crear un universo poético. Algunas obras de Veermer pertenecen a colecciones particulares de Londres, París y Nueva York, pero las más importantes se guardan en los museos. Así en el Rijksmuseum de Ámsterdam se hallan La callejuela, La lechera, Dama de azul leyendo una carta, La carta de amor; en Berlín, El caballero y la joven, El collar de perlas. En Boston, El concierto; en Brunswick, La joven del vaso de vino; en Dresde, La alcahueta, La mujer de la carta; en Frankfurt, El geógrafo; en La Haya, Diana y sus ninfas, La vista de Delft, La joven del turbante; en Londres, Mi mujer en pie junto al virginal, La pareja de la espineta; en el Louvre, La encajera; en Nueva York, La mujer en la ventana, La tocadora de flauta, La alegoría de la fe; en Viena, La alegoría de la pintura; en Washington, La pesadora de perlas, La mujer del sombrero rojo. |
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