Francisco de Goya
Retrato de Francisco de Goya (1826), por Vicente López Portaña.
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(Fuendetodos, Zaragoza, 1746 – Burdeos, Francia, 1828)
Algunas obras de Francisco de Goya
En abril de 1771 se encontraba en Roma. De su estancia en Italia se sabe muy poco. El viaje, que costeó de su bolsillo, debió ser de corta duración. Desde Roma envió un cuadro a un concurso abierto por la academia de Parma, en el que obtuvo una mención honorífica.
A mediados de 1771 Goya había regresado a Zaragoza, donde en octubre del mismo año se le confió la pintura de la bóveda del coreto del Pilar. Este fresco, La gloria del nombre de Dios, terminando en la primera mitad de 1772 es todavía de composición poco hábil, pero presenta fragmentos de espléndida calidad. En julio de 1773 contrajo matrimonio en Madrid con Josefa Bayeu, hermana de los pintores Francisco, Ramón y Manuel. Salvo algunos viajes de corta duración, hasta su emigración a Burdeos, la carrera de Goya se desarrollará desde ahora en la capital. Francisco Bayeu, zaragozano, discípulo también de José Luzán y doce años mayor que Goya, había ejercido sobre éste un ascendiente no conocido en detalle, pero que debió ser de mentor y maestro; de hecho, en 1771, al participar en el concurso de Parma, Goya declaró explícitamente que era discípulo de F. Bayeu. Gracias a éste, convertido ya en su cuñado, Goya empezó a trabajar como cartonista de la Real fábrica de tapices de Madrid. Los 63 cartones que ejecutó entre 1775 y 1792 constituyen indudablemente la vertiente más sabrosa de su producción durante este período, y patentizan el progresivo dominio técnico, el afinamiento de paleta y la desenvoltura de invención y observación que el maestro fue desarrollando a lo largo de esos años. Los temas de los cartones, de carácter costumbrista y popular, no fueron elección de Goya, pero le ofrecieron un campo muy propicio para dar una visión fresca, amable, y llena de gracia y de humor de la vida que le rodeaba. Paralelamente a la maestría que acreditan los cartones y otras pinturas de tenor similar, Goya se fue revelando como retratista consumado; algunos de sus retratos del noveno decenio, de un chispeante gusto rococó: Floridablanca, La familia de los duques Osuna, La marquesa de Pontejos… son piezas de primer orden dentro de la impresionante galería humana que Goya irá registrando hasta su muerte. La evolución general de la pintura madrileña en los años setenta y ochenta está marcada principalmente por el influjo en sentido neoclásico derivado de Mengs. Esta crisis fue superada por la clarividencia pictórica de Goya, que sólo la reflejó con resultados limitativos en ciertas obras, especialmente en las de asunto religioso, más acomodadas al gusto dominante: Cristo crucificado de 1780, la Sagrada Familia (Prado), San Bernardino de Siena predicando ante Alfonso V. En el período que va hasta 1790 Goya se afianza en la corte. Desde 1780 es miembro de la Academia de san Fernando y asiste regularmente a sus sesiones. Goza de bienestar económico. Se va imponiendo como retratista de la nobleza. Y en 1786 es nombrado pintor de cámara. En el invierno de 1792-1793 Goya estuvo muy enfermo. No se conoce a ciencia cierta la naturaleza del mal que le aquejó, “de las más terribles” a decir de Zapater, y que le dejó completamente sordo. Esa tara física contribuyó sin duda poderosamente a enriquecer la vida interior del artista, a propulsar su imaginación hacia zonas no exploradas hasta entonces. Apenas restablecido de su enfermedad, Goya pintó un grupo de cuadros. A este grupo pertenecía La casa de locos, El naufragio, El incendio… En 1975 fue nombrado, sucediendo a Francisco Bayeu, director de pintura de la Academia de san Fernando. Pero dos años después dimitió, a causa de su sordera, y sin duda también por el concepto totalmente antiacadémico que tenía la educación artística; quedó como director honorario. En 1799 llegaba a la cúspide de su carrera oficial con el nombramiento de primer pintor de cámara. Su labor como retratista es inmensa en este tiempo, y de una sabiduría pictórica, profundidad sociológica. Retrató a los reyes, a pie y a caballo, y a la familia real entera, La familia de Carlos IV, que une a su calidad excelsa su valor documental, revelador sin tapujos de la contextura moral de los personajes; el retrato colectivo gustó mucho a la corte, pero acaso sea significativo que hasta 1808 no se volviera a encargar a Goya otro retrato para palacio. En 1808, al subir al trono Fernando VII, Goya le retrató (Fernando VII a caballo, Academia de san Fernando). En octubre de aquel año, ya en plena guerra contra los franceses, marchó a Zaragoza llamado por Palafox para ver y examinar las ruinas de aquella ciudad. En 1812 murió Josefa Bayeu. El inventario de bienes subsiguiente muestra que Goya disfrutaba de una posición económica desahogada, que mantendría hasta su muerte. En estos años el estilo de Goya evoluciona hacia una mayor concentración expresiva, va renunciando a las veladuras a favor de una pintura más directo, sintética y cuajada de materia, su paleta se simplifica, con tendencia a los acordes sobrios y un amplio empleo de los negros. En la pintura religiosa, más que las convencionales Asunción y Santa Justa y Rufina, hay que destacar La oración del huerto y La última comunión de san José de Calasanz, quizá sus obras más sentidas y auténticas de todas las de este género. Con la persecución que sufrieron los liberales en Francia, Goya se sintió amenazado y en mayo de 1824, pasada la primera oleada represiva, solicitó permiso del rey para ir al balneario de Plombières, que le fue concedido. A fines de junio estaba ya en Burdeos, refugio de muchos liberales y afrancesados españoles. Muere en Burdeos el 16 de abril de 1828, a los 82 años de edad, de una parálisis. |
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